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Práctica 02: Lecturas para (no) saltar del balcón en el confinamiento

Long long time ago... La verdad es que no hace mucho que me volví a enfrascar en 'modo lectura' como si no hubiera un mañana. Con el tema del periodismo, solamente tenía tiempo para leer la cabecera de turno, la competencia y mis propios artículos. Algo bastante aburrido, al final, y muy enfermizo, claro. El confinamiento fue para mí como regresar a esa época adolescente donde todo lo 'intensito', y cuanto más mejor, me daba la vida. Las siguientes lecturas no son recomendables para estos momentos, supongo, de claustrofobia, pero a mí, sin embargo, me fueron de lujo. Tal vez porque parecía que superaban -casi- la realidad, y resultó ser una manera óptima de canalizar las malas vibras que, insisto, la pandemia generó para una inmensa mayoría, pero no fue mi caso. Cuando me crucé en una de esas salidas furtivas con el que fue mi profesor de Filosofía en el instituto, Vicent, y le comenté que estaba súper hambrienta con el tema lectura, y le dije qué tenía, literalmente, entre manos, me desaconsejó que siguiera por ese camino. True story.
Primero, me decidí por Freud. Me había tragado su seudoserie en Netflix, solo una temporada, y me llamó tremendamente la atención esa faceta vinculada con la hipnosis, que en la ficción lo plasman como un acercamiento a la brujería. Así que, para propiciar además también alguna que otra visita a mi domicilio, por qué negarlo, compré en Amazon La hipnosis: Textos (1886-1893); me entretuve tanto 'googleando' sobre el tema que no he acabado todavía de (h)ojearlo. El segundo conato de 'suicide' y catarsis vino de la mano de Albert Camus y Milan Kundera, inseparable compañero de almohada durante el confi. La peste, (la revisión de) La insoportable levedad del ser... iban a convertir mi confinamiento en un paraíso lector sin precedentes. Los devoraba a la velocidad del rayo, de verdad. Por último, fue La náusea, de Jean-Paul Sartre, quien marcó el fin del confinamiento. Tan intenso que olvidé que tenía unas ganas tremendas de ver a mi sobrina, de que me diera el sol y de ver a mis amigos. Después, llegó la realidad. Y yo seguí leyendo, hasta hoy.

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